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GENERAL DATA BASE / for AGRONED ON LINE/ Edgar Guerra/ Vladimir Sancho/Francisco Villavicencio

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ECONOMIA  AGRICOLA

 

El sistema de planificación centralizada se caracteriza por la propiedad estatal de los medios de producción y la existencia de un organismo de planificación que toma las decisiones sobre los bienes y servicios que se han de producir, la asignación de los recursos y la distribución de los bienes y servicios producidos. Se admiten pequeños mercados de bienes agrícolas o productos artesanales. El organismo de planificación confecciona planes a largo plazo (generalmente quinquenales) y fija los objetivos que se han de cumplir: a nivel más agregado, una determinada tasa de crecimiento de la producción y un nivel de provisión de bienes de inversión, de consumo, servicios, etc.

 

Estas decisiones se toman teniendo en cuenta las necesidades generales. Los planes agregados a largo plazo se descomponen en planes a corto plazo (anuales), con el fin de concretar los objetivos para cada uno de los bienes y servicios en dicho período y para cada una de las empresas, en cuanto a la disponibilidad de recursos y al estado de la técnica. El papel de los planificadores es el de concretar los objetivos generales en decisiones de producción y supervisar su cumplimiento.

 

Para concretar los objetivos aquéllos dan las instrucciones pertinentes a las empresas estatales a través de una cadena de jerarquizaciones en la que cada unidad administrativa envía órdenes a las unidades inmediatamente inferiores, y éstas se encargan de desagregarlas y transmitirlas a su vez a las que dependen de ellas. Estas órdenes van descendiendo hasta llegar a las empresas en forma de objetivos de producción. Por tanto, cada empresa se relaciona de forma vertical con sus unidades superiores, sin tener contacto con el resto de empresas.

 

En la fijación de los objetivos predomina el cálculo medido en unidades físicas de producción, por la dificultad que existe para evaluar la calidad de los productos. En una economía planificada los precios influyen en las decisiones de los consumidores -y los salarios en las de los trabajadores- pero no en las decisiones de producción. Los precios tienen una finalidad meramente contable, ya que son fijados una vez que la producción ha sido llevada a cabo, para permitir sumar cantidades de forma homogénea.  

 

Actualmente, dado el fracaso evidenciado por los sistemas de planificación, se resaltan más los inconvenientes que los beneficios de aquéllos. Aunque es cierto que la planificación es, a priori, racional -por estar ajustada a las necesidades-, que consigue la ocupación plena de los factores productivos -especialmente la mano de obra-, distribuye más equitativamente los bienes e iguala las posibilidades educativas, de formación, sanitarias, etc, de los ciudadanos; también cuenta con un grupo de inconvenientes que la hacen prácticamente inviable: la toma de decisiones es tan compleja y burocratizada que acaba paralizando la actividad de las empresas (se generan unas veces problemas de desabastecimiento de bienes intermedios y otras veces -ante el temor de que esto suceda- sobreabastecimientos y sobreinversiones, ineficiencias derivadas de los deficientes métodos de control de calidad, falta de innovación en los bienes producidos y  los métodos de gestión), y el sistema de incentivos es muy débil, ya que a un aumento de la eficacia de los agentes económicos no le corresponde un incremento sustancial de su bienestar, ya que, al no haber mercado libre, las posibilidades de consumo están restringidas a las directrices del estado. Esta debilidad del sistema de incentivos repercute adversamente en la productividad de las empresas y trabajadores.

 

Economía, Historia de las doctrinas económicas

 

Se pueden distinguir varios períodos en la evolución del pensamiento económico:

 

Fase precientífica

 

Período que abarca desde las primeras preocupaciones de los filósofos griegos hasta el s. XVIII. En Grecia se encuentran los primeros apuntes sobre cuestiones económicas relativas al valor, el interés o los precios, que son puestas en relación con el análisis de la sociedad y del estado.  Aristóteles defendió la propiedad privada y argumentó que ésta promovía la eficacia económica y la paz social, ya que en el fondo contemplaba el intercambio como un proceso en el que las partes contratantes podían salir mutuamente beneficiadas. Esto le llevó a elaborar un modelo geométrico en el que dicho intercambio se explicaba por la existencia de un excedente previo desde el que los individuos, si existía, "reciprocidad" entre las partes, podían alcanzar un acuerdo para intercambiar los productos.

 

Al mismo tiempo se vio atraído por el problema del valor; a este respecto distinguió entre un valor de uso de las cosas, es decir el valor que podía equipararse a su utilidad, y un valor de cambio, que era el obtenido en las transacciones realizadas. En realidad lo que le preocupaba era la determinación en el mercado de un precio justo que garantizase una "compensación proporcional" entre los comerciantes. En cuanto al dinero y al interés, contemplaba al primero como un medio de cambio pero también como un depósito de valor. Y dado que el uso natural del mismo era el gasto, el atesoramiento no podía ser visto con buenos ojos. Este razonamiento le hizo a su vez desconfiar del préstamo, puesto que éste sólo era posible si previamente existía un fondo acumulado. La Historia de Roma sorprende por la escasez de aportaciones originarias. Las preocupaciones se centran más en el campo del derecho; así, desarrollaron abundante legislación sobre el derecho de la propiedad y los contratos.              

En la Edad Media las preocupaciones aristotélicas conservaron su vigencia. El pensamiento escolástico, (véase escolasticismo) por medio de autores como San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, Enrique de Frimaria o Juan Buridán, retomó cuestiones como la del valor que, según el primero de estos autores, debía, en el momento del intercambio de los productos, relacionarse con el coste de producción de éstos. Santo Tomás de Aquino, por su parte, dio por buenos los beneficios de la propiedad privada y la distinción entre valor de uso y valor de cambio, pero añadía que un componente del precio debía ser el de la necesidad, esto es, la demanda.

 

El pensamiento medieval culmina con las ideas de Odonis y Crell acerca del valor: el primero lo hizo depender de la calidad del trabajo incorporado, mientras que el segundo, aceptando esta afirmación, intentó unirla a la teoría de Buridán sobre la escasez (la demanda) como razón de peso en la determinación del valor y del precio. En definitiva, este análisis se encontraba a un paso de la teoría moderna del valor sentada en el s. XIX por Marshall, y sólo le faltó, para ser completa, darse cuenta de que el valor del trabajo está al mismo tiempo determinado por su escasez.    

 

La economía de los siglos XVI al XVIII está presidida por la doctrina que ha pasado -no sin cierta ambigüedad- a la Historia con el nombre de Mercantilismo (véase mercantilismo). Esta corriente, también conocida como colbertismo (por el ministro francés Colbert) o cameralismo (en Alemania), nace en el entorno de la aparición de la nación-estado. De marcada raigambre intervencionista, recomendaba un control absoluto del comercio por las naciones, pues el método defendido para incrementar el poderío de éstas consistía en la acumulación en las arcas del reino de cuantiosas cantidades de lingotes de oro y plata (de aquí que se la designe también como bullionismo; de bullion: lingote), fuente segura de riqueza que sólo podía conseguirse por medio de la superioridad de las exportaciones sobre las importaciones, esto es, por medio de una balanza comercial favorable.

 

La consecuencia de esta visión del comercio era la necesidad de fomentar las industrias nacionales por medio de la creación y subsidio de centros productivos, lo que sucedió en la Francia del ministro Colbert, en las que se emplearon las propias materias primas de cada país, y una vez alcanzada la autosuficiencia, se acometió la exportación de los productos elaborados, con mayor valor añadido. La otra cara de la moneda estaba en la conveniencia de poner fuertes trabas a la entrada de productos extranjeros, que fueron desde los aranceles hasta incluso la prohibición de importar aquellos bienes de los que se dispusiera suficientemente en el país. Los autores mercantilistas son los artífices de los conceptos actuales de balanza comercial y balanza de pagos.

 

Las críticas al Mercantilismo comenzaron en la segunda mitad del s. XVII, a partir de autores como William Petty y, algo más tarde, con Richard Cantillón y, el además filósofo, David Hume, en cuyas obras encontramos residuos mercantilistas transgredidos con apuestas de liberalismo. A Petty se le considera un antecedente de la econometría, por sus concepciones metodológicas empírico-inductivas expresadas bajo el término de "aritmética política"; además, destacó las funciones del dinero como medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor. Cantillón concibió la economía como un sistema de mercados en el que los precios a largo plazo debían tender hacia lo que llamó "valor intrínseco", esto es, el valor de los factores productivos incorporados; si esto no se daba, había que achacarlo a la descoordinación existente entre las decisiones de los productores y de los consumidores.

 

Pero, sin duda, la aportación más brillante fue su análisis de las relaciones entre la cantidad de dinero en circulación y los precios. En este campo matizó la afirmación de Locke sobre la teoría cuantitativa del dinero - que identificaba el crecimiento de los precios con la cantidad de dinero existente- y reparó el concepto de su velocidad de circulación - es decir, el número de veces que se emplea en las transacciones- como determinante de dicho aumento de precios. Hume, amén de señalar la teoría cuantitativa del dinero, aportó ideas como la demostración de que la balanza comercial no podía ser continuamente favorable, ya que la entrada de metal precioso, al repercutir en los precios, mermaba la competitividad de las producciones.           

 

Primera etapa de la fase científica

 

Comprende, aproximadamente, desde el s. XVIII hasta 1870. En el s. XVIII la primera escuela que reclamó para sí misma la condición de tal fue la Fisiocracia francesa, liderada por François Quesnay. Fisiocracia significa gobierno de la naturaleza. La tesis fisiocrática se apoya en la consideración de un único sector productivo, el agrícola; el resto de sectores no lo eran porque no contribuían al llamado "producto neto" o excedente, y si en la agricultura se producía más de lo que se consumía, el sector manufacturero únicamente provocaba una alteración de la forma de los bienes. A pesar de la debilidad de estos razonamientos, los fisiócratas adoptan una visión acertada del crecimiento como resultado de la acumulación de capital, fueron firmes defensores del librecambio e inauguran un modo de concebir la economía como un proceso circular de renta y gasto, por medio del diagrama que llamaron "Tableau Economique", antecedente del flujo circular de la renta (véase en este artículo: sistema económico).  

 

El establecimiento de la Economía Clásica se fecha a raíz de la publicación de la obra capital de Adam Smith La riqueza de las naciones (1776). Los autores clásicos (principalmente Smith, David Ricardo, T. Robert Malthus, y John Stuart Mill, todos ellos británicos) consideran a la economía como una verdadera ciencia de carácter autónomo, y orientan sus investigaciones a la comprensión de las leyes básicas que determinan el comportamiento de los hechos económicos. Se puede afirmar que predomina en ellos el interés por analizar el proceso del crecimiento económico y la relación que con éste guarda la distribución de la renta. Estos autores proclaman las virtudes de la asignación de recursos por el mercado y el papel dinamizador de éste sobre el proceso de acumulación de capital.

 

Adam Smith otorga una dimensión moral al capitalismo cuando emplea la metáfora de la "mano invisible" para señalar que el egoísmo individual es reconvertido silenciosamente en el mercado en un beneficio para la colectividad, ESPECIALMENTE EN EL SECTOR AGRÍCOLA. La acumulación del capital era determinante para el crecimiento de la economía, y estaba en buena medida determinada por el incremento de la productividad que había sido logrado por la especialización y división del trabajo. Pero en la acumulación intervenían, además, la distribución de la renta en forma de salarios pagados a los trabajadores, los beneficios percibidos por los capitalistas y las rentas remuneradas a los terratenientes. En este punto, Smith distingue entre producto bruto y neto; el producto neto -o excedente- resultaba de restarle al bruto las cantidades destinadas al mantenimiento de un nivel de subsistencia de la sociedad, y era el determinante de la ampliación del proceso de acumulación.

 

El análisis de la distribución llevó a Smith a considerar que las rentas de los asalariados eran insuficientes para permitirles ahorrar y, en consecuencia, las fuentes de crecimiento habían de encontrarse en los terratenientes  en la producción agrícola  y los empresarios, aunque aquellos mostraban una mayor tendencia hacia la improductividad de los rendimientos obtenidos. Por tanto, quedaban los beneficios como verdadera energía motriz del ritmo de acumulación. En consonancia con las virtudes del mercado también era lógico argumentar que cualquier traba institucional sobre éste - a nivel nacional como internacional- no podía traer más que efectos restrictivos sobre el crecimiento.

 

Entre las ideas de Malthus, destaca la que mantenía que la población crecía en progresión geométrica, mientras que los alimentos lo hacían en progresión aritmética, lo que podía traer problemas de abastecimiento. Además, se le considera un precursor de Keynes cuando señala que la demanda podía resultar insuficiente para absorber el producto de la economía y que el ahorro excesivo puede dar lugar al estancamiento económico.

 

Ricardo es, entre los clásicos, aquel en el que se advierte un mayor contenido analítico en sus planteamientos. Esta autor centra, sobre todo, en la formulación de una teoría sobre el valor y la distribución; así, elaboró una teoría del valor con base en la cantidad de trabajo incorporada en los productos, que le permitía prescindir del inconveniente de los precios monetarios a la hora de plasmar sus ideas con un considerable nivel de abstracción. La teoría señala que el valor de una mercancía o la cantidad de otra mercancía por la que aquella puede ser cambiada, depende de la cantidad relativa de trabajo necesaria para su producción, no de la mayor o menor remuneración que se haya pagado por ese trabajo.

 

La teoría de distribución consistía en que el crecimiento de la población, al elevar las necesidades de alimentos, provocaba la extensión de las superficies de cultivo hacia tierras más pobres, lo que exigía una mayor demanda de mano de obra que presionaba al alza a los salarios. Habida cuenta de esto, los beneficios disminuían y el resultado final era que la expansión económica se detenía por el deterioro del proceso de acumulación de capital: se llegaba así al "estado estacionario".

 

A Stuart Mill se le ha atribuido el epíteto de revisionista, por haber sintetizado gran parte de los conocimientos de su época y dar por concluido el período clásico. En el pensamiento de Mill destaca la ruptura de la teoría del valor trabajo y la consideración de la interrelación entre la oferta y la demanda como determinantes del precio. La teoría del valor trabajo se transforma en una teoría de los costes de producción, por la que el precio de mercado en competencia debía a largo plazo corresponderse con el de esos costes. Estas leyes eran las llamadas leyes de la producción, y estaban fijadas por las condiciones tecnológicas y de la naturaleza. Por otra parte, estaban las leyes de la distribución del producto social, que tenían que ver con la idiosincrasia de las instituciones sujetas al control humano, y que, por tanto, podían ser alteradas, lo que abría todo un campo de carácter normativo para la ciencia económica.                   

 

La economía marxista (Marx y Engels y después Hilferding o Rosa Luxemburgo) trata de sistematizar las leyes económicas que rigen el devenir de la Historia. En El Capital de Karl Marx se encuentran replanteados los temas de los clásicos británicos acerca del valor, la distribución y el crecimiento. Marx sostiene que el agente productivo por excelencia era el trabajo, y, en consecuencia, lo que determinaba el valor de las cosas. En este sentido, el valor material de los productos tenía que ver con la cantidad de tiempo de trabajo que se necesitaba para garantizar la reproducción de cada bien en particular; esto se traducía, a la hora de determinar la valoración de la fuerza de trabajo, en la necesaria equivalencia que debía existir entre aquélla (los salarios) y el importe de la subsistencia del trabajador. Pero lo que ocurría en la realidad era que las jornadas de trabajo superaban con creces a la duración representativa de la subsistencia y no era tenido en cuenta en el pago de los jornales. De esta manera, se generaba un plus de valor (plusvalía o excedente) que iba a parar a manos del empresario gracias a su dominio de los medios de producción.

 

La generación de plusvalía era el componente estructural del capitalismo, y el uso creciente de la maquinaria posibilitaba elevaciones en la productividad del trabajo que redundaban en una mayor acumulación. Pero al mismo tiempo, la generalización de la maquinaria provocaba una menor dependencia respecto de la mano de obra, que desembocaba en la aparición de un "ejército de reserva de parados" y tenía el efecto de abocar a los salarios a un nivel cada vez más bajo, con el consiguiente empeoramiento del nivel de vida de los trabajadores. Sin embargo, el mayor empleo de las máquinas y la disminución de los precios, debido a la competencia, conllevaba el que se perdiera el antiguo componente de plusvalía que incorporaba el trabajador y la tasa de plusvalía iría decreciendo. A la vista de esto, los empresarios volverían a demandar más trabajo, a fin de recuperar la plusvalía perdida. Este proceso facultaba una explicación de las fluctuaciones económicas.                                                                                 

 

Segunda etapa de la fase científica

 

Puede fecharse entre 1870 y la década de los años 20 del presente siglo. Se admite el término de Economía Neoclásica. La nueva orientación se caracteriza por un cierto abandono de los temas del crecimiento y la distribución de la renta, en favor de una investigación sobre los mecanismos asignativos del mercado. Los esfuerzos se centran en comprender el sistema de formación de los precios en los diferentes mercados e indagar en las motivaciones que acusan los agentes económicos a la hora de tomar las decisiones de inversión, producción y consumo.

 

El hecho de centrarse en unidades económicas de dimensión reducida, proporciona un notable desarrollo de la Microeconomía, al tiempo que precisa la utilización de las matemáticas -sobre todo el cálculo diferencial- como herramienta puesta al servicio de modelos simplificativos de la realidad. El primer fruto de esta tendencia se halla en la corriente conocida como Marginalismo, y representada por autores como A. Cournot J. Dupuit y L. Walras (en Francia), la llamada Escuela de Viena (Menger, Wieser y Böhm-Bawerk) o W.S. Jevons (en Inglaterra).

 

El análisis marginal muestra los efectos que sobre las variables dependientes tienen las variaciones infinitesimales de las variables independientes, y se utiliza para diseccionar procesos de maximización de utilidades, producciones o beneficios, a partir de una disponibilidad limitada de recursos. Este método se conoce como estática comparativa. Cournot destaca por la elaboración de modelos de determinación de precios y cantidades en situaciones de monopolio (en la que existe un sólo productor de un bien frente a un número elevado de demandantes) y duopolio (dos productores).

 

Dupuit fue el primer economista que sugirió el concepto de utilidad marginal decreciente (el descenso en la satisfacción adicional que producen los aumentos sucesivos del consumo) en relación con la formación de curvas de demanda. Además de realizar una primera aproximación al estudio de los bienes públicos, Dupuit introdujo el concepto actual de excedente de los consumidores (representativo del bienestar que el consumidor conserva en relación a un bien determinado por el hecho de pagar un precio inferior al máximo que estaría dispuesto a pagar), al que llamó "utilidad que les queda a los consumidores".

 

Leon Walras, fundador de la Escuela de Lausana, tiene en su haber el mayor logro del Marginalismo, que es el análisis del "equilibrio general", desarrollado a través de un modelo en que por medio de sistemas de ecuaciones representaba a todos los compradores y vendedores de bienes y factores productivos, reunidos en una especie de subasta en la que los precios debían responder inmediatamente a las oscilaciones de la oferta y la demanda. Walras ofrecía una solución general en la que en todos los mercados existían simultáneamente un precio y una cantidad de intercambio de equilibrio. En particular, para una economía con n bienes (n ecuaciones con n incógnitas) se podían determinar n-1 precios relativos, donde el precio restante tenía un valor igual a la unidad y por tanto se podía tomar como "numerario" de referencia para los demás (se trata, claro está, del dinero).  

 

La Escuela de Viena, fundada por Carl Menger, resolvió el viejo problema del valor mediante la llamada teoría subjetiva; según ésta, los bienes tenían valor en la medida que los individuos se percatasen de que la satisfacción de sus necesidades dependía de su capacidad para disponer de dichos bienes. Esto presuponía que los consumidores eran capaces primero de asignar un cierto valor a la utilidad derivada del consumo de los bienes, medida ésta que dependía además de la cantidad de bienes poseída  - pues la utilidad de un bien variaba en sentido inverso a aquélla, es decir, que la utilidad marginal, término ideado por Wieser (Grenznutzen), era decreciente -; en segundo lugar, el consumidor podía llevar a cabo una ordenación de estas preferencias, de modo que era posible averiguar qué valor de satisfacción producía una determinada cesta de consumos. La solución de las decisiones de consumo venía a ser aquella en la que la medida de la satisfacción producida por cada última cantidad consumida de cada bien fuese idéntica (principio equimarginal).

 

Otra noción importante era la de coste de oportunidad: el valor de un bien podía, asimismo, expresarse como la cantidad a la que había que renunciar a otros para disfrutar de ése. El coste de oportunidad determinaba la asignación de los factores en las decisiones de producción y el valor marginal de un factor se determinaba por la utilidad marginal de las unidades adicionales producidas con éste. En relación al capital, destaca el análisis de Böhm-Bawerk sobre los efectos del tiempo en las decisiones productivas. Él distinguía entre métodos de producción directos e indirectos, según la menor o mayor cantidad de capital utilizada; naturalmente, los métodos del segundo tipo eran más productivos pero requerían más tiempo. El problema de la disponibilidad de capital se hallaba en la necesidad de contar con un fondo ahorrado previo; de acuerdo con esto y, si se tiene en cuenta la mayor preferencia que los individuos mostraban por el consumo presente respecto al consumo futuro, era lógico que los prestamistas exigieran - y los productores prestatarios estuviesen dispuestos a pagar - un tipo de interés. Por tanto era evidente que este último garantizaba la canalización del ahorro hacia la inversión.     

 

El Marginalismo culmina de manera brillante en la figura de Alfred Marshall, con sus Principios de economía (1890). El método marshalliano consistía en una selección de las variables fundamentales de un determinado fenómeno y considera al resto de ellas como una constante (restricción ceteris paribus). A este autor se debe la derivación de la curva de demanda agregada de un bien específico como función inversa (de pendiente negativa) del nivel de precios, para una renta, precios de los demás bienes y gustos dados. El precio era el resultante del cruce de la demanda con la oferta, y ésta última era creciente en relación al precio, ya que el mayor empleo de factores productivos había de hacerse a costes crecientes, de modo que sólo cuando el empresario observaba que el precio subía apreciablemente tomaba entonces la decisión de aumentar la oferta de su producto.

 

En cuanto al tiempo, su análisis difería sensiblemente entre el corto y el largo plazo. A largo plazo se encontraba el verdadero precio de equilibrio, y lo característico de esta secuencia temporal era que -en condiciones de competencia con rendimientos proporcionales al aumento de los factores- se producían entradas (o salidas) de empresas en la industria, atraídas (disuadidas) por los beneficios (pérdidas) que se podían obtener a corto plazo. El resultado -si había beneficios a corto plazo- era un aumento de la oferta que reconducía el precio hacia su nivel de equilibrio. Por tanto, se tenía una curva de oferta horizontal en el largo plazo que expresaba una única posibilidad de relacionar (en equilibrio) el precio con la cantidad producida. Por otra parte, la situación era tal que no se obtenían ni beneficios ni pérdidas por los empresarios.

 

Marshall no se limitó a una situación de competencia, sino que sus modelos (denominados de equilibrio parcial) dieron entrada a casos de rendimientos crecientes (costes decrecientes) y decrecientes (costes crecientes) de los factores -en cuyo caso la oferta a largo plazo podía ser creciente (en rendimientos decrecientes) o decreciente (viceversa)-, a las economías y deseconomías externas (véase externalidades) o al monopolio. También introdujo el concepto de elasticidad de la demanda (variación porcentual de la demanda en relación a la variación porcentual del precio).     

 

Otros autores importantes del período neoclásico, todos ellos entre el s. XIX y el s. XX, son Clark  con su análisis de la retribución de los factores ligada a su productividad marginal; Wicksell, perteneciente a la escuela de Estocolmo, con su estudio de las influencias del dinero y el crédito en la actividad económica; Fisher  y la teoría del interés; Pareto, de la escuela de Lausana, con sus contribuciones a la economía del bienestar y  la definición de optimalidad (véase en el apartado de sistema económico); Veblen, fundador del Institucionalismo norteamericano; o Pigou  y la Economía del Bienestar.

 

Economía contemporánea

 

Por una parte, destacan los modelos microeconómicos de análisis de situaciones no competitivas. Así, los casos de competencia imperfecta (Sraffa) y competencia monopolística (competencia con diferenciación de producto principalmente por efecto de la publicidad; modelos de Chamberlin y Robinson). Pero la atención principal la acapara John Maynard Keynes, con su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1936.

 

La crisis de 1929 había cuestionado las convicciones de los clásicos y neoclásicos, en particular aquella que sostenía que la oferta creaba su propia demanda (ley de Say). A este respecto Keynes observó que el modelo clásico y neoclásico se apoyaba en la creencia de que no era posible un atesoramiento de las rentas percibidas por los agentes económicos: todo lo que no se gastaba se ahorraba y todo lo que se ahorraba se prestaba, de forma que los motivos para ahorrar mantenían una relación creciente con el tipo de interés.

 

En un modelo económico como el descrito, el ahorro era, por definición, igual a la inversión porque la demanda de fondos prestables tenía su origen en decisiones de inversión de los empresarios. En consonancia con esta interpretación estaban las consideraciones sobre el papel del dinero: para los clásicos el dinero se demandaba por motivos de transacción y precaución; Keynes añadió el motivo especulación, que se refería a la posibilidad de guardar dinero -que había que tomar como un activo financiero plenamente líquido- con la esperanza de que el tipo de interés subiera en el futuro y fuera entonces más rentable la adquisición de títulos de deuda pública o "consols".

 

El motivo especulación traía una consecuencia importante, que era la de que el interés ya no fuese la recompensa por no gastar, sino por no atesorar y que, aún existiendo demanda de préstamos no satisfecha, los particulares no prestaran si creían que el tipo de interés podía subir en el futuro. La necesaria conexión entre ahorro e inversión se rompía y el tipo de interés dejaba de ser la relación entre esas dos variables, para constituir la equivalencia entre la oferta y la demanda de dinero. Además, las emisiones monetarias, con el fin de cubrir la demanda de préstamos, dejaban de tener sentido si los particulares mantenían el dinero a la espera de subidas en el interés; es más, podía hablarse de un nivel límite de interés y a partir de ahí, los individuos esperasen que se produjeran subidas futuras, en cuyo caso todo el dinero adicional emitido sería atesorado: situación de trampa de la liquidez (véase BANCO CENTRAL).

 

El modelo keynesiano de determinación de la renta hacía depender al consumo y al ahorro de ésta (en función de la llamada propensión a consumir), y la inversión, además de por el rendimiento esperado de los proyectos y el coste del endeudamiento, como decían los clásicos, estaba ahora fuertemente determinada por las expectativas (animal spirits). La conclusión de Keynes era que podían darse diversas situaciones de equilibrio a corto plazo en las que el ahorro no fuese igual a la inversión y también el hecho de que, incluso si por medio de la política monetaria se conseguía reducir el interés, la demanda de inversión no aumentara habida cuenta de unas expectativas empresariales deprimidas. Esto era susceptible de aplicarse a la economía que siguió a la crisis de 1929. Aparecía una consecuencia importante para la política económica, la de aumentar la demanda efectiva de la economía, en especial la demanda de inversión, mediante programas de política fiscal -inversiones públicas- instrumentados por el estado        

Otras aportaciones económicas importantes, a partir de la segunda mitad del s. XX, son las teorías monetarias de Friedman sobre la inflación y la neutralidad de la política monetaria a largo plazo, cuando se introduce el componente de las expectativas, y la llamada Nueva Macroeconomía Clásica, que al considerar las expectativas como "racionales" (éstas son las que realizan los agentes cuando disponen de información suficiente como para hacer previsiones acertadas sobre la evolución económica) elimina la posible efectividad de las políticas económicas discrecionales del gobierno. Otras corrientes son: la Nueva Economía Austríaca, representada por Hayek o Schumpeter (estudio de los ciclos económicos y papel del empresario; incidencia del componente institucional), las nuevas generaciones de institucionalistas (Galbraith), aplicaciones matemáticas y estadísticas a la econometría: programación lineal, tablas input-output de Leontief  o a la teoría de juegos, la Microeconomía moderna (Stigler, Becker, Coase) o la Teoría de la elección pública (Buchanan, Lindahl, Samuelson).José Casajús Murillo y otros investigaron sobre el tema. 

 

 

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